Premio Biblioteca de los Posts Perdidos

Algunos escritos, post, nos llaman la atención, bien por su brillantez o porque nos tocan de forma especial.
He aquí algunos de los que encontré, sería una pena que se perdieran en le marasmo de la Red. Por ello creámos este premio.
Si encuentras uno de estos post, haznóslo saber.






El valor de la palabra escrita


Autores premiados

miércoles, 26 de noviembre de 2008

MATRIARCA de Pedro Giraldo

Matriarca



Visitar los mercadillos se convirtió para mí, desde hace ya tiempo, en una distracción que sin ser apasionante puede encerrar lecciones de interés si se contempla desde un punto de mira como observador de vidas y costumbres. Si encima uno descubre algo que no encontraba en tiendas del común, entonces es una verdadera suerte. Además puede tener un precio que le alegra a uno la mañana.



Por lo pronto, para un abuelete como yo que no tiene nietos, es una gozada ver a señoras de mi edad o más jóvenes aún que lidian, alegremente la mayoría, con sus nietos, esos ángeles aún no rebeldes del todo, para que papá y mamá traigan a casa los dos suelditos que permiten pagar la hipoteca. Me paro ante un rorro de pocos meses que va dormido, ajeno al bullicio circundante, o sigo con la mirada el incansable moverse de alguna pitufilla de muy pocos años que todo lo mira, todo lo toca, todo la admira, mientras el abuelo o la abuela desdobla su mirada para que no desaparezca como un ratón en una charcutería.



Todos los mercadillos tienen cosas en común y cada uno presenta singularidades que lo caracterizan. En el último por donde me entretuve, reconocí varios rostros que hace tiempo que no veía. Estaban en un puesto de chándals, en otro de calzado de imitación piel, en uno con calcetines muy baratos y ropa interior de dudoso gusto, todo un hipermercado de calidades que no son de primera. Los conozco desde hace un par de años y sé que son hermanos. En uno de ellos, como en la cabina de mando del buque insignia, la matriarca se encargaba de que no le faltara a nadie el bocadillo a su hora, de permitir una rebaja no contemplada o de llamar al orden a quien lo precisara. El marido, tan gitano como ella y sus hijos –y mi expresión no encierra ningún racismo, sino constata una realidad- solía brujulear de un lado a otro y es el único que se permitía lo que un concejal de verbosidad impostada, llamaría la movilidad sostenible: sustituye a quien va satisfacer una necesidad fisiológica, vigila que nadie se haga el olvidadizo a la hora de pagar y detalles parecidos.



Sin embargo, en esta visita reciente, hay un detalle revelador desde el primer momento. Es una zona donde aún el luto es una norma social de obligado cumplimiento y veo que todos visten de riguroso negro. Es la madre la que se ha marchado al Jardín y aunque están todos en sus puestos, se nota esa ausencia que se hace terriblemente visible. Es la hija mayor, treinta años largos, alta y guapa, la que parece que debe ocupar el lugar insustituible de la mama. Se cubre su cabeza con un pañolón, negro cómo no, que no consigue ocultar la belleza de sus ojos y su bien perfilada boca. Nunca me fijé demasiado cómo vestía antes, pero ahora lleva una falda casi hasta el suelo que permite ver que también lleva medias negras.



El más joven de los hermanos, un chaval que vende la ropa deportiva, tiene una negrísima cabellera ensortijada, no obstante lo cual lleva una gorrilla de béisbol, negra también, sin marcas ni letreros. La hermana mediana, que con su marido, es la vendedora de zapatos, algo más gruesa y con un par de churumbeles siempre en las inmediaciones, lleva pantalón ceñido que no la favorece y camiseta holgada, que no es preciso aclarar que también son negros. Es la única que lleva la cabeza descubierta. El marido alivia el luto con un pantalón vaquero normal, pero también su polo es negro.



Se me ha pasado advertir que la hija mayor, la heredera de la matriarca, se ve ayudada por un hijo suyo, adolescente, que no viste de negro, pero cuya indumentaria revela una seriedad impropia de sus años. Es en ese puesto, donde con sombrero negro, en un rincón, silencioso y fumando de continuo se encuentra el viudo, la camisa negra algo desabrochada y en el cuello una pañoleta negra que le cuelga en la pechera. No sé si ha encanecido su bigote o es el contraste con tanto negro lo que hace parecérmelo más blanco.



Debe ser reciente la desaparición de la mama porque se percibe una tristeza compartida, una seriedad natural que no es artificiosa como pudiera parecerlo el luto, que en sí mismo puede tener un punto de exhibicionismo. Pido perdón por la expresión, pero no la retiro. Ya sé que alguien experto en antropología me daría mil y una razones que lo explicasen, tal vez es una forma de conjurar el duelo y hasta hacer más llevadera su pena que, repito, se percibe clara en miradas y laconismos. Todo el que ha vivido hace treinta, cuarenta o cincuenta años una infancia de pueblo sabe los rigores y las normas infranqueables del luto. Lo que me descoloca es que me resulta un anacronismo, quizás porque estas expresiones externas de duelo no son ya comunes en la mayoría de los sitios. Pero estoy seguro de que ellos lo consideran una obligación, una ley no escrita y la cumplen con escrupulosidad.



Me voy alejando del mercadillo con una bolsa en la que llevo tres pares de calcetines de deporte que no pensaba comprar.





Escrito por: PEDRO GIRALDO