Premio Biblioteca de los Posts Perdidos

Algunos escritos, post, nos llaman la atención, bien por su brillantez o porque nos tocan de forma especial.
He aquí algunos de los que encontré, sería una pena que se perdieran en le marasmo de la Red. Por ello creámos este premio.
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El valor de la palabra escrita


Autores premiados

domingo, 28 de marzo de 2010

"Acerca de los terremotos" de Paloma. Blog: PERO EL AMOR, ESA PALABRA

Acerca de los terremotos

El día viernes 26 de febrero me junté con una amiga a pasear por los alrededores del Parque Forestal y del Museo Bellas Artes. Como antiguas amigas que somos, nos sentamos en algún banco del lugar y comenzamos a ponernos al día de nuestros eventos o delirios pasados en los últimos días. Ese viernes vimos una exposición en el museo sobre la bailarina Pina Bausch y recorrimos las calles. Habían muchos personajes, los cuales asumimos importantes debido a la atención que congregaban. Luego comprendimos que en ese sitio se haría el Congreso Internacional de la Lengua.
Me acuerdo particularmente de ese día porque en la madrugada del sábado, a las 3:37 de la mañana hubo un terremoto en mi país. En algunas zonas se sintió más fuerte que en otras, pero varios millones fuimos sacudidos por un terremoto de 8,5° (los decimales poco importan). Luego de aquel movimiento vería fotos del Museo de Bellas Artes destruido en su fachada. Esto podría contarlo en tono de anécdota si el sismo hubiese hecho de las suyas únicamente en ese edificio. Iglesias, edificios de dos años de edad, casas, fueron destruidas por ese minuto o dos (para aquellos que lo vivimos fue eterno) que duró el terremoto. Ahora veo a un sismólogo en la televisión diciendo que este terremoto era esperable por la cantidad de energía acumulada, debido a que el último sismo había acontecido el año 1985, en un grado mucho menor. Tiene razón este señor cuando dice que era esperable, es el curso de la tierra, la naturaleza hace lo suyo. Pero pareciera como si la naturaleza y nosotros fuéramos por carriles distintos. Nosotros construyendo y construyendo, en suelos donde tal vez no era factible efectuar monstruosos edificios, pero haciéndolo de todos modos. Y ahora muchos de esos edificios están en el suelo, con gente atrapada, con gente sobreviviente, con gente muerta, con gente frustrada, con gente indignada. Porque ese día sus edificios fueron destruidos como cajas de fósforos.
Pero más allá de efectuar esta crónica como una suerte de crítica hacia las construcciones, decidí hacerla ya que antes de este evento no tenía nada que decir. Para decir las mismas imbecilidades de siempre, mejor me quedo callada. Entonces por cuatro meses o más, no escribí una línea. Aquí y ahora, acabo de entender que mi país vivió algo importante y alguien tenía que decir algo, aunque el medio utilizado fuera un blog que prácticamente nadie lee.
El sábado en la noche estaba haciendo un trabajo para la universidad. Todas las piezas están en un segundo piso. De pronto, la luz se cortó. Mi novio estaba viendo televisión y mi mamá durmiendo. Cuando la luz se apagó, fui a despertar a mi mamá; a los dos minutos se puso a temblar. Acá tiembla muchísimo, por lo que asumí que era un clásico temblor de madrugada que dura un par de segundos. Me equivoqué. Pasados los 30 segundos le grité a mi novio que se parara y a mi mamá también. Nos quedamos bajo un marco de puerta y nos abrazamos. Me sentí dentro de una película. Una que no entendía mucho el argumento. Tuve miedo y sentía que el tiempo no pasaba nunca. Mi mamá preguntaba por mi hermano, el cual vive en otra casa. "Temblor largo", decía con una risa nerviosa de incomprensión. "Esta wea es terremoto, hija, peor que el del '85", me corregía mi madre desesperada. Escuchaba cómo se caían las lámparas, los libros, cómo se movían las paredes, y así me sentí tan pequeña. Un punto en el universo. Y en un minuto decidí darme por vencida: "mi casa se va a derrumbar", me repetía una y otra vez. Luego, tanto mi mamá con mi novio reconocieron haber tenido fantasías horribles donde la casa cedía.
Terminó el terremoto, y todos tiritábamos. Poco importaban las cosas en el suelo. Las líneas de los teléfonos estaban caídas. La luz cortada. Pronto nos enteraríamos que nuestro vecino tenía una fuga de gas porque un muro se había caído, y tuvimos que apagar las velas. Sólo teníamos un celular que nos permitía escuchar radio y comprender a pedacitos lo que había ocurrido. Mientras escribo esto, tiembla de vez en cuando. Después del terremoto, han habido muchísimas "réplicas" como le dicen los expertos a los temblores más pequeños. Ese día no pude dormir hasta las 8 de la mañana. La sola noción de otro terremoto me aterraba. Y estas réplicas de tanto en tanto nos vienen a recordar esa sensación experimentada el día del terremoto. Vivimos con una seguridad tan absurda, tan ciega, y bastan estas palizas para darnos cuenta de nuestra fragilidad. Esto último tuvo sentido cuando un par de horas después me enteré que había habido un tsunami en varios sitios de la costa, cerca del epicentro. El mar se había succionado y había devuelto olas de 7 metros o más, y se había llevado todo a su paso. Los pueblos, entre ellos algunos en los cuales vacacioné un par de veces cuando niña y otros que nunca tuve la oportunidad de conocer, habían sido destruidos. Me imaginé la angustia que viví ese día, al sentir que mi construcción de hogar podía llegar a ser destruida rápidamente, y la comparé con la de aquellas personas que salieron corriendo a los cerros al ver el repliegue del mar, sin tener tiempo de mirar atrás. Dejando esos pequeños artículos que no son agua ni comida, pero representan tanto para la historia que uno ha debido caminar.
Las noticias de los últimos días muestran gente saqueando supermercados, como si el terremoto también hubiera afectado a la sociedad a tal punto que las leyes ya no rigen para muchos. En las zonas de mayor desastre, existen grupos de gente unida para proteger las pocas cosas que aún conservan contra gente externa que pueda robar. Y fue acá donde el asunto me empezó a impresionar aún más. Barrios debían agruparse con palos y escopetas para alejar a personas organizadas que estaban saqueando casas. ¿Qué pasó durante todo este tiempo? El sentido de comunidad fue algo que alguna vez tuvimos, y después de tantos años encerrados en nuestras casas, sin conocer al de al lado comenzamos a mirarlo como si fuera un desconocido, sin importarnos su miseria. Que la gente entre a supermercados a buscar alimentos, lo entiendo. Que un par de pelotudos se aproveche de la situación y saque televisores, me indigna pero puedo vivir con eso. Pero que personas que habitan en un mismo lugar se unan para robarles a sus iguales, quienes han perdido casi todo, lo encuentro insólito. Entonces, la razón por la cual escribo esto fue para tratar de comprender un poco lo que he visto los últimos días. En sitios donde han tenido que llegar los militares, recordando épocas poco gloriosas de nuestro país, haciendo toque de queda para lograr algo de orden público. La reconstrucción, por lo mismo, no va solo en las ciudades, sino también en esa antigua pero tan necesaria creencia que no podemos considerarnos un país desarrollado si no tenemos una comunidad establecida y solidaria. Y con esto último no me refiero a la capacidad de la gente para donar dinero para la Teletón, sino que poder abrir las puertas de nuestras casas sin miedo, sabiendo que contamos unos con otros. Así se aguanta cualquier terremoto.